Entre olivos.
La Casita de la Orilla. Una casa encalada en mitad del olivar, para venir con los tuyos y olvidarte del reloj unos días.
Al final del camino de tierra.
Está abierta.
Empuja y pasa.
Primero, el zaguán.
Suelo de canto rodado, aperos viejos por las paredes y, en agosto, el rincón más fresco de la casa.
Luego, el patio.
Las mesas bajo la pérgola y una maceta en cada hueco de pared.
Y al fondo, la chimenea.
Con una mesa delante en la que cabéis todos.
Lo que hay.
Esto es lo que vas a encontrar. Lo demás (camas, precios, si puede venir el perro) pregúntanoslo por correo.
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Salón
La chimenea es de campana y las vigas, de las de antes. En la mesa se come, se juega a las cartas y se alarga la noche.
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La cocina vieja
El hogar está negro de tanto humo. El horno de pan sigue ahí y los cacharros de cobre, colgados donde siempre.
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La almazara
Aquí se molía la aceituna. Ya no se muele, pero la piedra y la tolva no las hemos movido.
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El patio
Para las sobremesas largas. Por la tarde, la sombra va cruzando de una pared a la otra.
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El zaguán
La entrada de toda la vida, con su puerta claveteada. Aquí dentro siempre hace un par de grados menos.
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El olivar
Rodea la casa por los cuatro lados. Sales a andar por la mañana y no te cruzas con nadie.